Oscar Pintor

Correspondencia con Miguel Grattier.

Estimado Oscar, me decidí finalmente a escribirte para comentarte algunas de las impresiones que me provocaron tus fotos. (...)

Te digo que me decidí a escribirte, porque creo que al poner las cosas por escrito las ideas se depuran, o por lo menos se evitan los equívocos, lo que no alcanza a significar que algo quede claro. En una de esas, esta carta termina siendo un total desvarío.

Voy a tratar de ser lo más conciso, directo y sincero que pueda, y de verdad espero que lo que escriba te diga algo.

Lo que me parece más importante de tu trabajo es que lograste imágenes. Entiendo que una imagen se sostiene por sí misma, que no le debe nada al verbo o a la palabra. Que a lo sumo se debe al silencio, y a lo mejor es ésto lo que comparte con ella, en la medida en que el silencio está antes y después de la palabra, que es lo que rodea y envuelve al discurso. Tus fotos tienen silencio, son un llamado a la contemplación.

Está claro que no me estoy refiriendo a toda tu fotografía, y además, me parece que a esta dimensión la alcanzás en algunas fotos. A lo mejor éste es el momento en que comienza el desvarío, y en medio de tal desvarío es inevitable apelar a los clásicos con los que tu trabajo traba algún vínculo, es como una manera de afirmar la obra en las referencias y las disidencias. Obviamente estas referencias son paradigmáticas y no directas. Por ejemplo: en las fotos de Adams no me parece que haya silencio. Hay solemnidad y a veces prepotencia. La naturaleza es mostrada en su grandeza, casi como representación de “Poder”. Y el poder es un fenómeno humano. En la naturaleza no hay poder, hay energía, y el destino que el hombre le da a esa energía es el poder. El impulso místico de Adams empequeñece al hombre y dota de a la naturaleza de esa imponencia.

De manera diametralmente opuesta, en las de Weston tampoco hay silencio; cada una de sus fotos es un grito, son viscerales y eróticas. Son alegóricas. Un pimiento o una cebolla partida al medio no son nunca un pimiento o una cebolla partida, son más un cuerpo en tensión o una vagina. Tanto Weston como Adams se valieron de las cosas para expresar sus obsesiones, y queda claro que son maestros a partir de que evidencian que el arte de la fotografía no ocurre en lo testimonial; y personalmente, no me caben dudas de que el universo de Weston es infinitamente más rico e intenso que el de Adams.

Otro aparte para Walker Evans, de alguna manera tu pariente más cercano en este complejo de paradigmas, ya que el registro y testimonio se le escaparon escandalosamente de las manos. ¿Para brillar con luz propia, o él fue el artífice de esta luz?...

La escencia de tus mejores fotos reside en la luz, y no en la impronta o presencia del sujeto. A ver si se entiende: tus fotos no operan ninguna extrapolación, dicen: esto es el techo de un rancho, esta es una cabellera que asoma del agua, esto es un grupo de casas, este es un mecánico con un auto…etc. Sólo que, estas cosas, miradas con tu “tempo” y en el merodeo, en la indagación de cierta luz adquieren belleza. Esto por si solo es motivo de admiración para quién mira, y encontrar belleza a costa del mundo y las cosas es ir detrás de una estética. Sí, después de Frank se puede fotografiar cualquier cosa, pero no cualquiera puede hacerlo.

Ahora se me ocurre también que la experiencia del tiempo que tus fotos provocan es contraria al fluir. Cartier Bresson construyó toda una estética del fluir temporal cuando entendió que la cámara podía robarle un instante de alta densidad. En las fotos que vos hacés el tiempo está transcurriendo, no queda detenido en un instante, diría, mejor, que tus fotos lo contienen e irradian, que la experiencia es la duración, y en ese punto es cuando parece que el tiempo se torna en luz. Yo creo que el tiempo es un viaje que hacemos a través, y mientras duramos en la luz. Si la luz cesara, cesaría nuestro tiempo.

Cuando hablo de tus mejores fotos me refiero en general a aquellas que nos trajiste de las provincias, de tu San Juan, y de hecho, de los interiores en general; interiores por aquí y por allá, algunos autos; algunos rostros; algunos nocturnos... el interior profundo reverbera y susurra suavemente, serenamente, su particular hidalguía, su impronta argentina. Tengo mis bemoles con la serie de desnudos, no me parece importante en tu producción. Sin dudas son directos y sinceros, son austeros. Pero resulta que particularmente casi no me gusta el desnudo fotográfico. Tal vez porque el desnudo es la quintaesencia de la pintura, claro, el desnudo de mujer. Es otro tema, una tela difícil de cortar. Sin embargo pienso en los desnudos de Belloq, Alvarez Bravo, y un japonés del que ahora no recuerdo el nombre. En rigor de verdad, ni el desnudo ni el retrato son géneros fotográficos, mejor, son ocasiones para la fotografía. Pero esto es otra cosa. Por ahora pienso así, no sé dentro de un tiempo…Lo que sí estoy seguro es que hay que preguntarse en qué casos la fotografía es esencial, y cuando deja de serlo. Cada una de las artes tiene territorios vedados, y se afirma como tal en esas limitaciones: lo que la música hace bien no lo va a hacer mejor la pintura. Y desde siempre cada una ha buscado la manera de dar un salto, de hacer una cabriola de malabarista por sobre la condición de su soporte (espacio o tiempo) para poder vibrar fuera de la dimensión a la que la materia la condena. El parentesco entre las artes tampoco es garantía de que se puedan abordar los mismos asuntos con la misma suerte. La obra de arte opera su obrar cuando los límites se perciben pero no se precisan, cuando el espíritu se inquieta. Y es mejor aún cuando no le da paz. Esto me pasó con El corazón de las tinieblas, de Conrad; con Vértigo de Hitchcock; Último tango en París; el canto XXIV de la Iliada; El gran Gatsby de Scott Fitzgerald…qué se yo… un retrato hecho por Eva Rubinstein que vi hace años no se me borra de la cabeza, y cuando se lo mostré a un amigo le provocó ganas de irse a buscar a esa mujer que mira desde la foto. En cierto momento nos preguntamos si ella seguiría viva, a pesar de la contemporaneidad en que está fechada. Todo esto que puede obrar la fotografía en nuestro espíritu más íntimo es su arte. En este último tiempo me dediqué mucho a mirar fotos de Charles Harbutt, y me pareció notoria la línea que divide su producción americana y europea de la mejicana. Es un poco lo que yo llamo un fotógrafo en el sentido neto de la palabra. Su preocupación es la soledad contemporánea; su reflexión es sobre el espacio y el tiempo. Las fotos hechas en New York son de un rigor formal que asustan, como deben asustar esos edificios. La fotografía es siempre directa y los espacios parecen irreales; lo que muestran esas fotos está siempre mediado por espejos, ventanas interminables, reflejos; todo son pantallas que refractan al infinito lo real, y en medio de este laberinto, alguna sombra humana, realizando alguna acción discreta.

Hay un tema sobre el que realmente me gustaría reflexionar. El costado que valoro como el más sólido de tu obra se eleva sobre imágenes del interior del país. Esas series creo que se acoplan claramente a la tradición en la que trabajó Walker Evans en norteamérica, solo que, (aparte del talento de Evans), la dimensión de su estética se debe también a la dimensión colosal de la cultura norteamericana. Tenía un imperio ante sí; la cultura en caliente de un pueblo con convicción y voluntad de ser una nación. Otro dato importante: esa cultura siempre se está haciendo, no descansa en ningún pasado ni tradición; es siempre hoy; o sea que además estuvieron ante algo que se estaba gestando, y que nacía, sino grande, en dimensiones considerables. Fijate vos que norteamérica es el único imperio que carece de historia. Los demás imperios, (Grecia, Roma, China, Europa, etc.) necesitaron siglos para estabilizar sus culturas. Y las obras grandes de los fotógrafos clásicos también hablan de esas culturas, esas ciudades. Esto no es casual ni gratuito. Una ciudad es la exteriorización en el espacio y el tiempo, de los anhelos más profundos y sinceros de quienes la habitan; es la proyección física en la que se preparan para durar los ideales de sus hombres. En ese sentido las obras de los clásicos están impregnadas de hecho por un espíritu épico, ya que también de hecho la genialidad de estos fotógrafos es haber captado un estado de vida, la esencia de diferentes culturas. Pero la épica no pertenece al espíritu de nuestro tiempo. Con la cultura de masas, la modelación de la vida y la política por la publicidad; la configuración de espacio y tiempo por los “medios”, para nosotros, los fotógrafos, me parece imprescindible tener conciencia de que la “realidad” de antemano está abarcada por la ideología, que debemos estar atentos y más que nada dudar de lo que más claramente vemos.

Agreguemos a esto el kitsch en que estamos inmersos, y bueno, allí es cuando creo que ya no se puede fotografiar ni el mundo ni el hombre como lo hicieron los clásicos. La personalidad de la fotografía de los clásicos mucho le debía al referente. Creo que una buena fotografía hoy mucho le debe a la intimidad que establecemos con el mundo y las cosas, y como siempre, a una subjetividad inquieta. Por eso lo que lograste con tus series del interior es importante. Evans en este país no hubiera visto lo que vos viste. También creo que lo que más hay en tu obra es fantasía, pero también el oeste es una invención del western. En ese sentido la unidad de tu obra me parece que reside más en las fotos en las que lograste una intimidad con el sujeto, que en el trabajo por series.

Yo creo que la naturaleza de tu mirada es libre, y que en algunos casos el trabajo en series es forzado, establece límites, y en general los límites forman parte de un código, de normas, de una gramática ya precisada y requerida; creo que la libertad en el arte no es la declamación de una ideología, sino la iluminación de territorios cada vez más amplios del lenguaje o medio de expresión que nos toca o elegimos. Esto hace a nuestras vidas más ricas. Una lengua empobrecida de lo único que puede hablar es de una experiencia empobrecida.

Hablando de tu trabajo te cuento que la visión de unidad que a mi me quedó, ahora que ya pasó un tiempo, está dada por la intensidad que lográs en algunas fotos; son como destellos irrepetibles no en el riguroso y elaborado trabajo por series. Creo que toda la serie de desnudos no tiene el brillo, la fantasía o la sensualidad que tienen por ejemplo esa cabellera que asoma en el agua, o un arbusto entre dos lomas o la contundencia extraña que tiene la imagen de una mujer con ruleros contra una enredadera, o ese hombre de perfil con el rostro en sombras. Esas fotos son únicas. Weston no las hubiera hecho, Evans y Adams tampoco. Ante el riesgo aparece el estilo.

En la intimidad también es posible que el sujeto se desnude y se deje ver, en ese caso únicamente justifico el retrato (así sea una naturaleza muerta); pero también es posible que en esa intimidad en que los límites se hacen difusos, uno vea lo que se oculta y que eso salga en la foto: esa fantasía que se agregó a la realidad cotidiana ya no nos va a dejar volver a una realidad ordinaria, porque está impregnada de la luz que uno proyectó. Allí resulta lo que se dice una foto increíble, una foto personal, una foto en la que vos sabés que quien la hizo dejó mucho de lo más noble y mejor de sí.

Bueno, estimado amigo, para que esto empiece a parecerse a una carta, te cuento que compré una Leica del año ’34, con Elmar 3.5 y que tiene el telémetro totalmente empañado y la velocidades bajas trabadas. Pero anda. Nunca me imaginé que me encariñaría tanto con un objeto, parece que se me hubiera pegado a la mano, y en exteriores no le erro nunca al foco. No sé cuando voy a ir por Bs. As. Pero acordate que en el cambio de figuritas me quedaste debiendo una foto. (...)

Si los próximos funcionarios que asuman en la Municipalidad me dan bola, voy a tratar de hacer una fotogalería en Santa Fe para mostrar la fotografía argentina. Sobre esto no tengo muchas expectativas.

Para terminar, espero que todo el rollo no te resulte muy pesado y que cuando nos veamos podamos retomar la charla en donde la dejamos. Bueno viejo, un abrazo grande.

Miguel
Santa Fe/1988

Miguel Grattier es un notable fotógrafo, escritor, crítico e incansable trabajador de la cultura de Santa Fe. En ocasión de una muestra que realizó en el Ex Centro Cultural Las Malvinas en Galerías Pacífico en 1988, tomó contacto con Oscar Pintor que le mostró sus fotos, y al poco tiempo recibió esta carta.

Siendo ya Director de Cultura de la Municipalidad de Santa Fe creó la Fotogalería dependiente de ese Municipio. En 1992 invitó a Oscar Pintor a realizar una muestra allí.