Oscar Pintor

Vuelta a las fuentes

por Ataulfo Pérez Aznar

Después del viaje a Europa, donde accedió al conocimiento de los grandes maestros y a algunas charlas orientadoras con Humberto Rivas, Oscar comprendió que la fotografía tenía una esencia permanente y profunda que en la Argentina estaba distorsionada sobre todo en los foto club cautivos por el pictoralismo y el esteticismo recalcitrante. Por otro lado, los fotógrafos que a lo largo de los años fueron referentes de una fotografía más independiente y creativa, en su gran mayoría se dedicaban al retrato.

Esas referencias que recogió en Europa le abrieron la mente y le demostraron que su temática, como se dice, estaba a “la vuelta de la esquina” en su San Juan natal, lleno de recuerdos y sentimientos, con su cultura ancestral a la espera del reencuentro para concretar la madurez de su mirada y despojarse de esas deudas con su tierra, para frenéticamente pasar a abordar otros temas en una década de excelsa calidad creativa.

Es elocuente la imagen de la ventana rota que eligió como tapa de su primer libro publicado en 1988 . Lo que creyó que era una mera selección estética seguramente tenía su carga psicológica, ya que esa ventana a pesar del paso del tiempo, a pesar de su deterioro permanecía abierta a su hijo dilecto transformándose en el caleidoscopio de sus imágenes.

Al liberarse de su deuda con su tierra los temas se sucedieron hasta sentir propia a su ciudad adoptiva, Buenos Aires, aunque sea en el silencio cómplice de la noche a la que pudo abordar con el entusiasmo que la vorágine que el día le negaba.

En los retratos, más allá de lo específico del tema, reina el mismo espíritu, ya que para retratar necesita conocer y sentir próximo al sujeto, en un clima de paz e intensidad similar al de sus paisajes e interiores.

En síntesis, su obra es un retrato de si mismo; de más de 15 años de producción que hoy se encuentran a disposición del espectador